CRISTIÁN ROSACRUZ MIRANDO A VENUS EN SU TUMBA


Veo
la música silente, Adonai,
escucho el liviano perfume
de los ángeles,
el misterio del plomo
sobre la seda blanca,
la musa frágil llevada
sobre un viento invisible.
Estoy caído, estoy muerto,
la hermosura es mi condena.
Adonai… Adonai…
mis venas se hinchan
de sangre voluptuosa
y mis ojos se encienden
con el reflejo de lo que he profanado.
El amor no sentido hasta hoy
¿Pero es que nunca tuve amor?
¿De qué está hecha la vida entonces?
¿Y esta ciencia oscura, mi personalidad friable,
no lo hace florecer?
Siento el impulso de mi corazón
por rebelarse contra todo,
mi oscuro pensamiento lleva su Nigredo,
el Palacio del Rey ahora se encuetra vacío…
sólo quiero estar aquí
creyendo amar,
sólo quiero besarla una vez en los labios
a pesar del castigo,
qué importa la muerte de los novios
transformados en licor,
qué importa una libertad que al tocarla
me costaría sangre…
aprendí que la tristeza
pesa menos que una lágrima,
el cuerpo pesa menos
que una tumba,
qué importa si Cupido me sorprende
en el lecho de su madre
y toca mis manos con la punta
de una de sus flechas…
mi carne quiere amar la carne
y olvidarse de estas bodas
químicas.
Flor de Saturno,
sólo quiero besarla una vez en los labios
antes de morir calcinado,
aunque el azufre se funda
en su magnesia
y siga siendo combustible,
aunque el Sol ya no sea el oro
y esta caída me cueste
la ceniza.

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