LA HORA FALSA
cuento las palabras que me quedan
antes de echar la suerte y decidir
un plan de acción.
El silencio me escupe a la cara,
los ojos de las cosas barren el espacio
en donde el círculo infinito se cierra
y tapa la salida hacia lo particular.
Empiezo a comprender las causas
que me atan a esta circunstancia;
sería fácil descender al caos y soñar
con la mixtura raíz de todo lo existente.
Qué rápido se encienden las regiones
nunca leídas sobre piel humana,
sexos diferenciados antes del edénico parque
regido por implacables códigos no escritos
y azotado luego por lluvias de palabras
sólidas, líquidas y gaseosas.
El rumbo que seguí durante años
fue absorbido -junto con ciertas impresiones-
cuando me quedé sin forma, y entonces
el placer se quebró en láminas divisorias
señaladas en símbolos, líneas ahora ya borradas
por el viento de la nueva civilización.
A quienes vi arribar sin lemas a la zona invisible
no lograron retener la savia mineral del tiempo.
A quienes escribieron su despertar al orgullo
no les empezó la noche en un instante,
pero se perdieron en absurdos paralelos, engañados
por esa realidad limitada por implicaciones biológicas.
Cuando decidí caer hasta la base del sonido
y empezar la noche sin voz, iluminado
en la esperanza de asumir el drama hasta la médula,
la escencia mineral subió en partículas de luz
y supe que tocar la esfera que me envuelve
significa silencio.
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