VASO
y se termina por ser un punto gris,
una pasta húmeda que ahora se diluye
a causa de tensar los sacrificios y doler,
tomando el ojo la medida
en esta dura y cruel balanza:
ella,
que no fue mujer ni ángel,
devendrá mi Virgen Negra en lo fijo
para exhumar en carne la ceniza,
ella,
azufre caracol en su tumba espontánea
levantando la muerte del color hasta blanquear.
Se apuran los primeros giros de la rueda
y llueve más sobre esto que vegeta ciego,
porosamente frío con esa negritud
divina, esmeralda, prematura y eréctil,
sabe secretar en sí la grasa del ungüento
bajo tierras preparadas con su olor,
germen del elixir que proyecta el polvo
de la Grande Obra, el Rojo
de la Piedra terminada,
el Régimen perfecto del equilibrio.
Nonato de esta agua viva y póntica:
así me leo día y noche,
saber que amo respirar y envejecer
sin tomar la arruga como siembra amarga…
y tragar, tan sólo tragar y tragar
esta agua de rocío que la mente suda
sobre un vaso íntimo:
el Vaso, el Arcano, el Recipiente,
el Hoyo sin el cual no puede haber
combate ni eclosión,
me quiebra los huesos de agonía
contra esta sequedad que mata
y entierra, otra vez,
el alma muerta bajo una tumba
de carne.
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