RESPIRO UN AIRE ENVENENADO
y juego con las formas de mi pasado inmediato,
esas imprecisas cárceles de autocompasión
que no logré echar abajo a punta de lecturas
difíciles o proezas verbales impuestas
por la imprudencia del suicida inerte. Y más:
compañía de los pensamientos incontrolables,
peligrosos cuando se combinan con este aire
que me intoxica y me duerme la cabeza
entre oscuridad y mediodía.
Apenas sube la sensación hasta los hombros
y la calle se asolea detrás de la ventana,
insólita caricatura del planeta en verano,
pudor de la infancia muerta o la madurez que
se estanca en esto, un arreglo impropio,
asuntos irresponsables que caen a pleno pulmón
desde una nublada repetición de culpas
torpemente asumidas y calcinadas por la rabia;
enemistad del individuo que fui en invierno
contra presumibles ancianidades
fáusticas, ajustes amatorios o substancias preparadas
con sal de lágrima.
Caen así estos ojos desde el karma hasta la vecindad
de los colores ebrios limpiando quizás el aire
que respiramos, limpiando lo animales que somos
previamente al sacrificio de las emociones
y los últimos recuerdos.
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