Mujer, no mires el suplicio de los cuerpos sometidos por tanta sangre impura, no toques el cristal pretérito ni el aire que llora roto a causa del presente, levanta mejor tus emociones y tu piel hacia las águilas del cielo sublimado para darte al oro de la Santa Espera. A nadie que te llore volverás la cara ni abrirás el pecho de la Madre: a nadie que te duela, a nadie que ansíes; fecunda hoy esta palabra de fuego con amor asimilado a la sintaxis y verás un argot que negramente disuelve y significa. Mujer, de estar en crisis esta unión la sonrisa del pacto se nos congela. Mírame enterrar mis propios huesos y asiste al quemado del orgullo en tristes lenguas orientadas a lamer la sal: un deseo nítido sucumbe y se amalgama en suaves cúmulos vertidos al éter. Envuelve, mujer, la noche muerta en su egoísmo. Más que nunca recupera la forma del origen para que en mi mente nazcan leyes trinitarias y nos haga prometer la unión eterna. Bebo ahora de tu ser y sangro...
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