EL PRIMER REFLEJO EL ÚLTIMO


Cuántas manos son niebla en los espejos,
cuántas tocan el desorden y lo suben a muy otro nivel:
espejos hondos en su cruel enfermedad crían
hasta ver cortar y morir, en el vapor,
hasta perder la forma que en su rasca participación
el imposible fomentara,
digo unas manos absolutamente desconfiables
sudando por ellas conflictos sin análisis,
cargando todo aquel desorden reflejado
en los ojos de un mundo inferior al mío y ajeno,
por solamente sombrío rechazado en su pensar
cuando es lo quieto en el amor lo que importa.

Queda por motivo el asunto de los espejos reflejando
manos cárdenas y satisfechas, manos creativas para todo,
al ser plurales de tanta imagen vibrada entre mujeres
surgen dedos que aprisionan flores amargas,
recuerdos encerrados en la materia más intrusa, el desorden,
nuestro desorden ahora como primitivo síntoma
de acalorada involución fundamental y espíritu,
el amor callado muriendo bajo su propia imitación
encerrado entre murallas de aire inconsciente
al borde de la intimidad, sí, alterada por los acontecimientos,
y otra mano reflejada que se ha quedado ya sin vanidad
por culpa de una infancia sin elementos sensibles.

El primer reflejo el último y algo más que no veremos,
un poco así como jugando al filo de la memoria,
un teatro maldito para seguir viviendo de azufre,
pequeñeces que se quieren olvidar a toda costa;
humanamente subterráneo el cuerpo
dice renacer en la mano que se enfría,
monstruo necio que por ella se despoja del orgullo
y empieza a dar lo que tiene,
y lo que tiene se da a sí misma para nacer en el lenguaje,
lugar exacto donde empieza el individuo que respira,
y reaparece en el egoísmo el desorden bruto con enfisema,
y se reconoce en la complicada multiplicidad del abismo,
y se deja verter en tacto la pura dicha de la aceptación.

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