NECRÓPOLIS


Duermo anclado en esta tumba mutante.
Lápida creófaga: tiniebla y frío hedor.
Manto de oscuridad que osifica el despojo
y fija en esta luna la acción de los gusanos.
La muerte.
(La muerte) es de la vasta noche.
Mi ceguera es viuda por la
piel que finge y llora,
tosca lepra amada en heces de miseria
con hambre,
reclamo en la jauría
desde los ahora zombis,
(una manada de licántropos)
donde grita un cuerpo
con apariencia funeral.
Rebis.
Condoleo hasta la última reliquia.
Si alguien terminara acechando
las emanaciones del fósforo,
si no dejara “aquello” la piedra húmeda
y secara los pantanos con su aliento,
un quejido entonces brotaría del cadáver
auscultando el humus,
pero es un vapor aciago el que penetra
y forma costras de ataúdes:
ronca maldición en sus maderas podridas.
Mi aura sufre la trizadura del caos
donde brota la orquídea negra;
existe el mármol sobre maxilares
que no alcanzaron a morder el fruto;
el suelo guarda sus licores
en vías de secar el mosto orgánico.
¿Escucharías tú al fantasma?
No terminará en la cripta
mi lenguaje ni el ansia que se traga
el velo de la profanación:
las palabras se están descomponiendo.
Todavía no he cambiado faustas letras por llantos.
Un demonio cabizbajo resuella en vilo
y borra exequias junto la fosa común.
Destilación alquímica en volutas.
Palingrafía de los epitafios.

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