EL HOMBRE ENCERRADO EN SU EDIFICIO


El hombre encerrado en su edificio
no puede escuchar las voces del verano rojo,
pertenece al gris submundo del cemento
en donde cae en el vacío sin volver al calendario.

El hombre que sufre claustrofobia,
el hombre deprimido: de pronto ya no sabe
cómo levantar el día, minutos vendrán para él
en que el desorden urbano que tiembla
bajo el crudo acero armado por las avenidas,
dará un tumbo y perderá equilibrio,
perderá cordura, perderá deslumbramiento.

Así, de ese modo, nacen tantas
preguntas crueles, así, en ese estallido,
como si en la dura simetría del progreso
que se refleja como un rayo en las techumbres
y en las dolorosas ventanas que no miran hacia arriba,
comenzara un largo silencio programado
que termina por moler el ansia y cultivar la neurosis.

Y el hombre sigue encerrado en su edificio
como un topo que ya no sabe reaccionar, fijo y huraño,
ignorando el momento social con cefalea
y algún que otro descuido ante las cámaras de seguridad.

Reducirá él la solidez de los escritorios,
verterá el agua hirviendo en su boca llena de café,
se lanzará de cabeza ventana abajo desde el quinto piso,
repetirá cada una de sus rutinas con el rostro congelado,
fotocopiará sus esperanzas en papel tamaño carta
y archivará sus pensamientos para que quede registro
del absurdo maniático en los escritorios,
en las oficinas, en los pisos de los edificios,
en la ciudad en donde se multiplican estos hombres,
en donde se multiplican sin remedio
en el gris submundo del cemento.

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