HIEROFANTE
subterráneas, eyaculó sobre las pardas bocas de sus
súbditos, escribió con densa ansiedad sulfurosos
pergaminos,
codició por fin, en el infierno, un ave con ojos rectángulos.
La materia …
Desde el fondo de su amargura, soberbio de la tiniebla,
hosco, toca en sí lo que desea para enturbiarlo,
vuela sobre los bosques malditos vigilando su presa
desde el sueño.
Los días terminan por disolverse
bajo la negra luz.
Los otros saben esto y sólo huyen como niños asustados.
Sucumben a la sumisión de lo que involuciona.
Cristalizan.
Pero el hierofante consagra sus insomnios
a la adoración de un dios negro, susurra letanías
cual enigmático avatar, seres de tenebrosa conciencia
pueden cobijarlo durante la tormenta. Taquicardia.
Tendré que resistir otra luna mientras pienso cómo
reconstruirme.
Hoy es la misa.
El hambre de los insectos será satisfecha con un sacrificio.
(Los zombis deambularán ciegamente)
(Los discípulos serán consagrados)
Todo lo que él divulga por el éter se expande para invocar
duro un dios de azufre quieto. Sabe que es un Mesías
no crucificado,
mata pero cobija al súbdito cuando le es entregada
sangre de dudosa procedencia con semen.
Iglesia de Caín.
Iglesia cuya piedra angular, (y de tropiezo)
es el onanismo patológico por liturgia,
el esperma derramado
sobre un cáliz de torcido metal canónico.
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