SADE
hasta infectar la bella forma.
Tu dolor a fuego lento cerró el ceremonial
con broche de hierro,
pero no quise desatarte hasta después.
Incauto miraba el cauce de la hemorragia.
Flemático y lento me depravo
frente al espejo causa de mis agresiones,
y el placer decanta en la fractura de tus huesos.
No debí flagelarte.
Pero te deseo sucia de carne y no volátil;
ebriamente maltratada contra lo áspero,
contra lo sádico que puedo llegar a ser.
Sabes que soy un cuerpo leproso.
Amo tu blancura nívea y epidérmica
colmando esta violenta hipnosis. Es pánica
la deglución de aquel oficio que me degrada
hasta el hundimiento.
¿Castigar a tralla desnuda tu lloro,
tu lamento, tu sumisión enjaulada?
Sí.
Practico el arte de mantenerte con vida;
eres mi objeto, mi delito, mi profanación,
la bestia de placer encadenada,
el sarcófago que lleva mi cadáver
con la elegancia de una paloma negra.
Humillada. Vuelves a cicatrizar.
Aquí me esperarás convaleciendo suave
del amor munífico que exudo
cuando el Dies Irae.
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