TIC
antes de caer por el borde
y hacerse pedazos contra el suelo.
La taza, el sonido, la colisión
de la quebradura,
produjeron en él ese pequeño espasmo
de siempre, la repetición mecánica
y rutinaria de la catástrofe, a estas alturas
convertida en un tic inofensivo.
Pero ella ignoraba esta sombría
alteración cardiaca, sonreía,
y él consideraba los factores secundarios,
su esposa también hecha trizas,
y cada partícula, el cristal atónito
del pacto. Es cierto, sonríen.
Pero llora abajo el desmilagro,
pero la taza rota es siempre ella
que no estuvo ese día, ella siempre
libélula,
mujer legítima de un condenado
a la imagen de un parachoques,
a ver quebrarse objetos
y antropomorfizarlos.
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